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| | |-+  Maria Martinez Sorroche: "la Primera partida"1924-1925
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Autor Tema: Maria Martinez Sorroche: "la Primera partida"1924-1925  (Leído 627 veces)
fredy martinez
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hay que sobrevivir


« : 13 de Abril de 2014, 00:45:21 »

un capitulo de sus memorias ,Maria tiene 10 años.

LA PRIMERA PARTIDA    (1924   )



Ocurrió lo siguiente: mi abuela Encarnacion Dolores Pozo Domene("la Mamachon" tenía un hijo Francisco Sorroche Pozo, hermano de mi madre*(VER NOTA) , que se fue muy joven a Argentina, y durante catorce años no dio ninguna noticia. La pobre abuela rezaba y recitaba un rosario todas las noches antes se dormirse, diciendo: “Para mi Paquito, estés donde estés.”
Así nuestro Juan dijo un día a mamá que no quería trabajar la tierra y que quería irse a Barcelona o a Francia. Venía mal, pero mamá dijo: “Bueno, vamos a reflexionar.”
Tras haber luchado unos tiempos con Juan, mi mamá reunió a los mayores y les dijo que si Juan no quería quedarse, nos iríamos todos: “ya perdí a vuestro padre y ahora no quiero que me suceda como a la abuela, perder a un hijo y que mi familia se separe.”
Estudiaron bien el problema. Mamá tenía una amiga en Lyon, Remedios, hija del tío Raspa y esposa de un sobrino de doña Carmen Corrella, la amiga de mamá de la que hablé (Remedios se quedó viuda con tres o cuatro niños y el marido, jugador y mujeriego, dilapidó su patrimonio). Mamá entró en contacto con ella y el viaje se organizó. Dejó a mi tío Rogelio Martinez Cano (el tio Rogelio “Patitas”), hermano de mi papá, como apoderado. Vendió los muebles así como la yegua y la burra de Paco(" el baldado"), y todo lo que guardamos fue emparedado en un cuarto llamado Solana. El rebaño de cabras, que era bastante importante, fue dispersado antes, y creo que fue lo que Juan no soportó. Las tierras dejadas en aparcería, sólo nos quedó ponernos una manta sobre la cabeza como lo dice la expresión, y el primer exilio empezó.  

Es verdad que para tomar esta decisión, nuestra madre había pasado por muchos sufrimientos. Una de las cosas que principalmente fue terrible para ella fue la enfermedad de Encarna, la fiebre tifoidea, que en la época daba miedo porque no se tenía los medios necesarios, y mucha gente se moría por esta enfermedad. Encarna se encontró entre la vida y la muerte durante casi un mes y mamá se quedó a su lado sin dejarla ni un solo instante, prodigándole todo tipo de atenciones. Sólo la abuela de vez en cuando conseguía que descansara un poco. Aunque muy joven, yo sentía la tragedia que vivíamos.    

Así aceptamos nuestra nueva vida errante, sin ningún tipo de excitación ni de entusiasmo.
Juan se fue el primero para abrir el camino y llegó a Francia tras una corta etapa en Barcelona para conseguir el pasaporte, y desde esta ciudad se fue a Lyon donde estaba la amiga de mamá. Los segundos en irse de Serón fueron la abuela, Encarna y yo.

Lo que recuerdo aún es la gran aventura que este viaje representó para mí. Nunca había subido en un tren, sólo lo veía cuando iba al barrio de la estación para visitar a conocidos, o desde nuestra terraza cuando pasaba a lo lejos el tren postal. Mi asombro fue inmenso al viajar en tren y llegar por la noche a Águilas.
 Tras habernos instalados en un albergue con otras personas del pueblo, salimos dar una vuelta y la primera cosa que vimos fue el mar. Qué novedad y qué emoción fue para mí verme caminando sobre la playa donde venían a romperse las olas delante de este inmenso espacio oscuro. De vez en cuando, había, como si se hubiera caído una estrella, una pequeña luz que desaparecía enseguida. Y siempre el suave ruidito de las olas a mis pies… Mi abuelita me decía: “¿Qué te parece María? Ahora no ves nada y además hoy está tranquilo y sereno, ya verás mañana qué sorpresa tendrás.”

Tengo que decir que nuestra estancia en Águilas estaba en relación con nuestro viaje, porque era más barato ir en barco hasta Barcelona. Todo era novedad para mí, nunca había salido del pueblo, nunca había visto el mar y creía que los barcos eran como los vagones del tren, y que podría tocar el agua con las manos desde una pequeña ventana. Tras el paseo nocturno a orillas del mar, entramos en el albergue donde pasó la noche, una cena frugal con provisiones que venían de nuestra casa y en una habitación compartida con otra familia, colocamos colchones en el suelo. Hablamos mucho, también intercambiamos chistes. Alguien preguntó a mi abuela si no tenía aprensión de viajar en un barco a su edad, y contestó: “No hija, no. En esta vida, hay que hacer lo que se presenta.”
De día, cómo explicar el encanto que fue para una niña de nueve años el contemplar por primera vez la inmensidad del mar. Las olas que se rompían a mis pies no tenían ni punto de comparación con la sensación de misterio experimentada la noche anterior que, pese a la suavidad del ruido, me causó un poco de miedo por la oscuridad. Ahora esta inmensidad estaba azul, de un azul muy suave, y mirando al horizonte, veía el mar y el cielo mezclarse. Fue algo tan grande y tan hermoso que me quedé sin voz. El corazón latía intensamente en mi pecho. Era para mí una sensación desconocida, y por eso tan fuerte. Salía de la aridez de nuestras sierras, de la blancura de algunas, por el gré me decía mi madre, y veía todo este azul y esta brisa y este olor que el viento traía con el sabor de la sal en la boca.
Mi abuela esperaba mi reacción. Hablo mucho de mi abuelita, pero es natural: siempre me cogía de la mano y era mi protección. Como era la cuarta de la familia, pasaba a menudo después de los demás. Encarna tenía cinco años y medio más que yo y, según la costumbre en aquella época, la ropa pasaba de los mayores a los pequeños. Creo que estrenaba ropa sólo para las fiestas. Como era protestona, siempre lloraba y era la Mamachón, mi abuelita querida, la que me consolaba, y me decía: “María, nieta mía, todo esto pasará, es normal que Encarna tenga la ropa nueva, ya es una muchacha y tu turno llegará.”

En Serón tenía amiguitas de la escuela, así como mis vecinos y mis primos, y nunca me había sentido sola. Ahora el mundo que estábamos conociendo me daba mucho que  pensar.
Bueno, el puerto fue otra aventura. Fuimos directamente al barco que teníamos que coger para saber, creo, la hora de salida. Estaba lejos de imaginarme semejante embarcación, me pareció tan grande, tan inmensa, que no podía quitar mis ojos de esta mole, y mirando con atención leí “Compañía de transportes RAMOS”. Supe más tarde, a los 21 años, que Águilas era un puerto minero y, cuando mi vista se prolongó sobre vestigios de mineral de hierro rojizo como había en la estación de Serón, no me fijé. El barco era un transportador, pero había algunas cabinas para pasajeros de primera clase. También cogían a pasajeros pobres sobre el puente. Formábamos parte de ellos, así como las otras familias que estaban en el albergue. En realidad, fue cuando volvimos al albergue para comer y descansar cuando se trató la manera con la que íbamos a viajar. Decían: “Nos da igual, estaremos al aire libre y, como aún hace buen tiempo, extenderemos los colchones y nos abrigaremos con las mantas. Dos noches o tres pasarán rápido.” Todo era pretexto para el buen humor y a las historias, esperando embarcar al día siguiente. No vi mucha cosa de la ciudad de Águilas y recuerdo pocas cosas (era en 1923 o 1924). Más tarde pasé allí unos días, hacia 1953, con mis hijos e Ilusión, una hija de mis amigos Diego Pérez y Remedios, y fue un encanto descubrir el pueblo, sus playas y a la gente tan simpática y acogedora.  

Bueno, sigo el relato de nuestro viaje. Algunas cosas han desaparecido casi completamente de mi espíritu, pero el viaje en barco de Águilas a Barcelona no, quizá porque iba de sorpresas en descubrimientos. Sabía que los barcos servían para viajar y transportar mercancías, material y tantas cosas. Esto, lo había leído en Flora, el libro de lectura de la escuela en el que cada lección tenía un dibujo explicativo. Por ejemplo, cuando era la hora de la comida, en el libro había una especie de imagen que representaba un comedor en el que Flora y sus padres comían. Esto para ayudarnos a hacer el vínculo con la lección. Cuando Flora viajaba con sus padres, un barco estaba representado en la imagen pero tan pequeño que, por eso, creía que los barcos iban a ser como los vagones del tren (tengo que decir que nuestra madre se ocupó mucho de nuestra escolaridad y de vigilar nuestros deberes, pero desgraciadamente, la escuela se terminó para mí a los nueve años).
Se puede hacer una idea de mi asombro cuando vi todo lo que se cargó en el interior y, cuando llegó el momento para nosotros de subir, mi persona parecía una mosca en esta inmensidad. Nos llevaron al rincón del puente que nos correspondía, y las mujeres empezaron a preparar sus cosas, sus paquetes y extendieron los colchones para la noche. Y todo fue como un sueño, casi sin darnos cuenta de que el barco ya estaba solo en alta mar.
 Me alejaba un poco del grupo, quería verlo todo, y lo que mi vista encontraba era tan grandioso para mí que estaba en un sueño, sola con tanto aire, el balanceo de las olas y los grandes pájaros que revoloteaban, perdí la noción del tiempo. Me di cuenta de esto porque un marinero se acercó, y me preguntó si quería jugar con una niña que también estaba sola. Dije: “No estoy sola, estoy con mi abuelita y mi hermana mayor”. Él contestó: “Bien, llévame al lugar donde está tu abuela y le pediremos permiso.”
Nos acercamos a ellas y las pobres estaban bien enfermas, todas tenían ganas de vomitar. El marinero las tranquilizó, explicándoles que sólo era mareo; habló a mi abuela, y ella me dio permiso para ir a jugar con una niña que viajaba en primera clase con sus padres.
Iba de descubrimiento en descubrimiento, el marinero nos acompañó por todas partes y nos hizo visitar todo lo que había sobre el puente. Luego nos llevó al salón donde estaban los padres de la niña y nos sirvieron una merienda. El marinero nos dijo: “Supongo que estaréis cansadas, así que seguiremos mañana.”  
Así pasaron los tres días del viaje, no tuve mareos, ni estuve perturbada, el mar me encantaba; la niña y su familia estuvieron muy atentas conmigo. El marinero nos enseñó incluso la sala de las máquinas, la cocina, todo. Fue un viaje muy instructivo. Los del grupo decían a la abuelita: “¡Qué seria y espabilada es tu nieta!”

La llegada a Barcelona es muy confusa en mis recuerdos, quizá por el movimiento tan grande del puerto: ¡tanta gente trabajando, tantas máquinas, tantos barcos!
Creo que empezaba a darme cuenta en un cuarto de que alguien nos estaba buscando. Era una casita en un barrio, cerca de debajo de Monjuic, llamado Pueblo Seco. En aquella época era un barrio muy popular, y mucha gente vivía en estas casitas, gente como nosotros, de paso. Pero era un barrio tranquilo y limpio, con todas las casitas blanqueadas con cal y habitadas por gente amable. Por primera vez oí hablar catalán. Cuando íbamos a comprar en las tiendas, los comerciantes decían “gracias” o “que tengan un buen día” y en Serón no estábamos acostumbrados a estos miramientos.
Fuimos a visitar a una familia del pueblo, los Cano*(ver NOTA), que estaban instalados en Barcelona desde hacía bastante tiempo. Vivían en la calle San Pablo, cerca del puerto. Creo, pero sin estar segura, que fueron ellos los que aconsejaron a la abuelita acerca de las gestiones necesarias para obtener los pasaportes.
Recuerdo que nos quedamos algún tiempo en la casita de Pueblo Seco. Mis primeros pasos en la capital me decepcionaron un poco porque había visto fotos de la ciudad así como vistas mediante un aparato, y me di cuenta de que la realidad era otra. Tres o cuatro años más tarde, tras nuestro regreso de Francia, pude apreciar la ciudad condal en su justo valor, pero tenía entonces otra manera de apreciar las cosas.    


Maria Martinez Sorroche

*nota de Fredy Martinez Martinez
Francisco Sorroche Pozo padre de "la niña de la Puerta de la Iglesia ,abuelo de mi primo Rafaelito se fue a Argentina mas de 12 años sin dar noticias . Al volver reconoce a su hija "la niña " que precisamente se encontraba con toda mi famila cerca de Lyon trabajando a 12 años con mi madre 10 años como obrera en la Fabrica de la seda (2500 obreros) en Vaulx en Velin.

*nota de Maria
era la familia del tio Jose Manuel Cano "Calores" con quien comparti parte de mi vida (en 1934 Y 35 vivimos en la misma casa en Barcelona y sufrimos juntos la retirada en 39 y los refugios y campos de concentracion en Francia .El mayor de los hijos Luis Cano Perez se caso con mi hermana mayor Encarna y emigraron en santo domingo en 1940 Y Ecuador en 1941
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