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Autor Tema: Postales de las cortijadas de Serón. El Ramil  (Leído 561 veces)
josefrancisco.garciaigles
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« : 21 de Agosto de 2015, 12:20:27 »

Postales de las cortijadas de Serón. El Ramil

La rambla del mismo nombre hace honor a este paraje alejado de la urbe seronense, no menos hermoso que las encantadoras aldeitas de la sierra. Qué perviven entre frágiles paredes abandonadas, y nuevas edificaciones exitosas que se levantan, para mantener la supervivencia de un colorido festivo y alegre; que las transporta al olimpo de la belleza en medio de los bosques. Entre acristaladas aristas montañosas que el horizonte ofrece bajo aquel cielo transparente y cristalino. Azulado y despejado bajo la cúspide real de los picachos y las peñas, entre cuyas clásicas y lacias penillanuras se observa durmiendo su pasado deshabitado, en la memoria de sus lejanos pobladores. La hermenéutica de aquellos parajes inhóspitos las aclimata a su geografía, a su bruma invernal frente a los laeros, al ascetismo de su enclave en cuyos lares vivieron sus ancestros. En el más rico bagaje cultural de unas costumbres agrícolas y montañesas, que las distinguió de los demás anejos del termino municipal seronero, por el carácter longevo y prudente de sus habitantes. En una emprendedora lucha contra las inclemencias climatológicas, la incomodidad de su orografía, y el aislamiento a que estaban sometidas. Pero el abanico de su folclore las mantuvo a flote en sus raíces en la más tradicional de una convivencia comprometida, emergente en la comarca, comunicada con el resto de la ciudadanía. Habitada por hombres y mujeres que ofrecían lo mejor de si mismos a sus contemporáneos en el hábitat que confluían, como moradores de un reino que los hacia privilegiados.

La existencia del vasto territorio serones hace muy diversa la aportación de sus habitantes a la exquisitez de sus hábitos ganaderos y agrícolas. A la concentración de pequeños núcleos de casas que se levantan en toda la municipalidad. La vega o la campiña, la austeridad de los páramos, o la abundancia de pastos, incluso la llanura más productiva hacían que la población se repartiera buscando el acomodo de una vivienda cerca de sus propiedades; o la mejor de las fortunas junto a sus orígenes. Las vías de comunicación, el desarrollo industrial, un río o fuente cercana, un aluvión en producción, hacían que su domicilio se levantara según la conveniencia más  personal. La membrana de una red de cortijos, molinos o heredades en explotación determinaban el alojamiento. El trabajo, el "modus vivendus", la cosecha o la siembra imponían su ley en una economía familiar que las sustentaba. Basada en la agricultura y la temporera conciliación de las faenas del campo.

La ganadería fue siempre fuente de ingresos adicional, en otros casos fundamental, con rebaños de ovejas que sostenían pastores profesionales. Ayudados por perros especializados, cuyo trasiego marcaban horarios y edades en el itinerario de un territorio que asumían para alimentar las cabezas de ganado, que cuidaban con esmero y satisfacción. En el alumbramiento de las crías como bien propio y ostensible resultado de cuantas crianzas promovían en el renuevo de sus ejemplares. Aquella dedicación absoluta al trajín de su empeño celebraba el buen estado de un perfecto engranaje con el medio ambiente. En la aspiración del mejor de los convencimientos en el que permanecían, en el óptimo uso de sus deseos facultativos en el orden ovino y caprino. Qué les proporcionaba sustento y ocupación laboriosa y dificultosa. pero bendecida en cuanto a reglas y ortodoxia.

La huerta a cuya cabecera aparecía el manantial para sostenerla, con lavaderos y desagües, balsa para almacenar el líquido sobrante en algunos casos; configuraba el resto de la aportación alimenticia según el perímetro de los bancales. Las campañas, o las estaciones marcaban el calendario próspero para la gastronomía casera en la despensa que alimentaba el hogar. Las hortalizas se sumaban a la mesa para el consumo humano. Las dehesas cerealistas de la llanura, las cañadas en labradas limitaciones y el aderezo de productos artesanos hacían las delicias del paladar, en la transformación de conservas. Matanzas en embutidos y despieces cerraban el circulo culinario para el sostenimiento digestivo de las personas.

El Ramil Alto a un lado del barranco de Morata, y Gabarra al otro, junto a la desembocadura de la Rambla de la Sacristana, y la de la Torre; desde cuyo punto de encuentro arranca o nace el arroyo rambleño de esta localidad. En Gabarra permanece aún el edificio de la escuela rural ya en manos privadas, una de las más alejadas del centro urbano, según la configuración primigenia. Que tanto bien hizo a los pobladores en la posguerra en cuanto a su educación y formación. Conservando la memoria histórica de sus gentes como una luz cultural que prendió en sus mentes. Acompañó a sus hijos y descendientes para el mejor aprendizaje de una sociedad que se esforzaba por adquirir valores y principios humanos, al calor del magisterio escolar de la figura del maestro. La transformación finisecular del siglo XX ha hecho de nuestras pedanias un saludable y bienvenido entorno natural de cuantas experiencias genuinas puede el hombre abrazar. En la benevolencia de un sistema unitario de convivencia pacifica.
 
José Francisco. Córdoba. 2015
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