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| | |-+  Rutas por el Almanzora a pie. Tramo: Los Gobernadores-Los Geas
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Autor Tema: Rutas por el Almanzora a pie. Tramo: Los Gobernadores-Los Geas  (Leído 371 veces)
josefrancisco.garciaigles
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« : 31 de Mayo de 2017, 16:38:27 »

Rutas por el Almanzora a pie
Tramo. Los Gobernadores- Los Geas

Era una tarde del invierno de la navidad 2016. Habíamos echo el mercado semanal de la villa esa mañana, a la antigua usanza de los agricultores de las aldeas. Actividad típica cuando se acercan hasta el pueblo con ese paso alegre al subir por la calle Gadil, y mirada jubilosa hacia los edificios, como regocijándose de haber llegado para hacer los mandaos. A todos los vecinos de las pedanias que hacen el trayecto andando, desde antaño les produce la misma sensación cuando llegan a la localidad. El universo seronés del comercio, los puestos de la plaza, la pescadería, la frutería, la panadería, el bar de Yelamos, la tienda de Angel, el supermercado, la botica, el establecimiento de semillas y piensos, el Restaurante Cuadrado. Un largo etcétera de pequeño comercio que presta un gran servicio al consumidor, tan necesario como exquisito en la venta al detal, en el trato individualizado, y en la atención al cliente. Desde los tiempos del Horno de Eusebio y la tienda de Ricardete, aunque más propio sería decir desde  siempre.

Hacía una jornada invernal luminosa en la puerta del ayuntamiento; el sol resplandecía en las baldosas intensamente y en las fachadas. El gentío acudía a los puestos ambulantes. Saludé a Diego, el de Colorin Colorado, por cierto un gran actor en equipo con su esposa, y excelentes músicos. Mi primo Florencio me invitó a una cerveza, mientras mirábamos por las cristaleras todas las vistas hacia la campiñuela, el Higueral, Las Hilarias. La inmensidad de la campiña seronera desde el mismo caserío. Era el último viernes del año. Pasó una chica vendiendo el calendario para promover la  asociación artística de la nueva casa número siete. La conversación se prolongó alrededor de las buenas tapas y nos sentíamos felices de estar allí entre la multitud, cuando dimos el último trago. Parecíamos hermanos conversando después de tiempo sin vernos, y el enclave en el que estábamos era el más apropiado. Un habitáculo de loneta estaba montado en la Plaza Nueva, según nos dijeron para celebrar la fiesta de la Noche Vieja. Me sentía afortunado, y saludé también a otros familiares.

Almuerzo y salida  por la loma, por el camino del Polvorín, dejando atrás las vistas de Los Raspajos, Los Brevas y los pagos de la vega. La vereda sube zigzagueante desde el puente de hierro de Los Donatos, por la ladera obtusa para pasar por las mismas paredes de Los Gobernadores. Para extenderse roma entre pequeñas colinas ondulantes, hasta el alto de aquel cerro imponente, detrás del cual ya la vista alcanza a los barrancos hondos y a la penillanura de Huélago.  Así como a la Loma Colorá, la aldeita de Los Hinojos tan llena de belleza rústica y engalanada de un floreciente resplandor en la brillantez de su atmósfera. En aquel vasar montañoso peculiar  y centelleante, atractivo por su naturaleza y ubicación, que es tan hermoso como los picachos de los cortijos de Los Sapos, en plena serranía. Andorrea el caminante a paso  ciertamente sin pausa pero sin prisa,  observando todo aquel paisaje que se abría ante los ojos. Inflamado el corazón de poesía por  aquellas latitudes, con una claridad vespertina que suntuosamente cubría los laeros de manera acerada y vistosa. Diáfana, metalizada, nacarada y chispeante; radiante y fulgurosa, acristalada y fosforera, pulcra, nítida y extremadamente virtual.

Alcancé la carretera tras la casona en obras, y por el anden sin detenerme por la hora que era seguí pasito a pasito ante el intenso trafico, entre el quitamiedos y la cuneta. Los camionacos pasaban a toda velocidad cortando el aire junto a mis piernas, tanto que cierto temor se apoderó de mi, y cuando venía uno procuraba apartarme más de lo normal. Todas las cumbres de los Filabres tenían otra panorámica según el paso de la caminata. La Sierra de Baza al fondo, como una gran mole terráquea oscura que se levantaba como el gran limite provincial, con el que toda la cuenca almanzoreña hace frontera. Llegué a la aldea de Los Geas con los últimos claros, en el perfil diurno filtrándose disimuladamente en el firmamento. El color oro del crepúsculo bermejo azoraba el cielo tras la puesta del astro rutilante, en la noche opaca que caía, descendiendo entre la letanía silenciosa de las mesetas cortas de los parajes por donde pasaba. Las viviendas se alzaban blanqueadas junto a la calzada. Desnudas y silentes las chimeneas en el otero límpido del llano, fraguando una estampa novedosa y calcárea, tras la cual pasaba la linea divisoria de la municipalidad del término local.  Al otro lado de la barranquera El Hijate, como un pueblo de la llanura estilística y proporcional, cerealista y costumbrista de un municipio amigo. Las áureas centelleantes definitivamente cerraban el oráculo de la bóveda celeste ante la oscuridad. El ocaso se despedía lentamente como una sucesión ligera de las hojas de un libro. Ante los detalles de las estrellas que poco después se encendieron tintineantes y mortecinas allí encumbradas , diminutas, más allá de  la estratosfera me dí la vuelta por el mismo sitio hasta el empalme de Huélago, donde me desvié. Pero la oscuridad envolvente me sedujo cuando empezaron a aparecer las lucecitas de las farolas de los núcleos de población aldeanos diseminados por lo rural, como colonias de viviendas que destacaban por aquellas lides. Cuando bajaba por los Castaños una multitud de cortijos se desplegaba por el valle, desde Los Herreros hasta los Angostos. Me detuve cordial y jubiloso  a mirar aquella postal nocturna con que abraza mi mente el corpiño de todo aquel rosario de nombres asociados a lugares. Mientras me imaginaba la concordia de la convivencia en el espectro de unos cuantos kilómetros. Los  Cucos, la boca de las Herrerías,el Molino de la Vega, así un sitio tras  otro hasta Los Raspajos donde puse fin a la excursión.

José Francisco Garcia Iglesias
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