Las monjas Dominicas en Serón
por
José Bermúdez Corpas

(Extracto del libro “Hermanas Dominicas Rurales Misioneras del Amor” que en próximas fechas se pretende editar)

Fue deseo expreso de D. José Jiménez y su hermano Emilio, comprar una casa en la “Plaza de Arriba”, cerca de la ermita de la Virgen de los Remedios, para aquellas religiosas que quisieran atender a la Patrona en sus cultos y mantener limpia su morada. La casa en la que se habían fijado era propiedad de D. José Martínez Pérez, más conocido como “el tranquilo”, y que era lo suficientemente amplia como para albergar en su interior un pequeño convento. Una vez realizada la compra se empezó a buscar entre las órdenes religiosas alguna que quisiera aceptar dicho encargo.

Enterados de la existencia de las Hermanas Dominicas Rurales, por medio de D. Bernardo Ávila, anterior coadjutor de Serón, viajaron a Abrucena el entonces párroco titular del pueblo, D. Francisco Guerrero Peregrín y los hermanos Jiménez para hablar con la madre fundadora e intentar que se instalaran en Serón. Hacia muy poco tiempo que se habían marchado del pueblo las Hermanas de “San Vicente de Paúl” dejando un grato recuerdo entre todos los vecinos del pueblo, pero cuyo carisma, basado en la enseñanza, era más adecuado para otras zonas.

El día 14 de de Agosto de 1972 fueron a esperar a las hermanas dominicas a la estación de ferrocarril, el párroco D. Francisco Guerrero Peregrín junto a su hermana Doña Encarnación, quienes llevaron a las monjas, Concepción López y Manuela Tovar, a la casa, la cual encontraron limpia y con la despensa llena, gracias a la generosidad de las gentes del pueblo. Ese día almorzaron en la casa del párroco, y después de la misa de la tarde, llevaron en una procesión multitudinaria el “Santísimo” hasta la capilla que instalaron en el convento. Al llegar a la puerta de la casa-convento D. Francisco dio la bendición a todos los asistentes al acto, y se les invitó a que subieran a conocer la casa que iba a ser morada de las Hermanas Dominicas.

Los hermanos Jiménez, José y Emilio, dieron a las hermanas, además de la casa, un donativo de cincuenta mil pesetas para que pudieran comprar una máquina de tricotar, como medio de ganarse la vida, tal y como ya les venía ocurriendo en las casas fundacionales anteriores.

El día 9 de septiembre llegaron las hermanas Isabel y Josefina que, junto a la hermana Manuela, formaron la primera comunidad de la casa de Serón.

Pero pronto empezaron los problemas. El escaso mobiliario que tenían para las clases de párvulos se los llevaron los maestros al colegio, también en aquella época en plena efervescencia, por el cierre de los centros escolares de los anejos. Por lo tanto tuvieron que buscar y apañarse con  unos bancos que tenían en la casa y utilizarlos de pupitres. También compraron sillas para las niñas de labores, que eran muy numerosas, porque no solo atendían a las muchachas del pueblo, sino que otras tantas venían de los cortijos y, la mayoría de ellas lo hacían andando.

El Sr. Obispo le dio licencia a la superiora para exponer el “Santísimo” y dar la “Comunión”,  lo que fue motivo de mucha alegría para todas las monjas. La exposición del Santísimo la hacían todos los primeros viernes de mes y duraba toda la noche. Pero no fue la única satisfacción que tuvieron aquellos días, porque la Caja de Ahorros de Almería, hoy Unicaja, pagó las obras de las clases para niños y jóvenes, además de comprar el mobiliario y los columpios, toboganes y todos los accesorios con los que acondicionaron su jardín de recreo.

De las primeras obras que se hicieron en la casa fue la capilla, que pasó a ser la mejor estancia del edificio, e incluso se le añadió una pequeña sacristía. Pero lo que más preocupaba a D. francisco de la capilla era que, al no ser muy grande, no encontraba el lugar exacto donde ubicar el sagrario, hasta que por fin un día, buscando en la casa, se encontró en los pesebres una repisa dorada que les sirvió para colocar el sagrario y que todavía se conserva.

Cuentan las hermanas que a eso de la media noche, a la hora de rezar maitines, podían ver a los ratones pasearse por encima de los tablones del zócalo de madera y esconderse  detrás del Sagrario. La capilla había sido anteriormente un pajar y todavía quedaban habitantes que se resistían a irse. Todavía en la actualidad siguen escuchando a las ratas, aunque no las ven, porque no tienen los animales por donde colarse.

Los hermanos José y Emilio Jiménez, que tenían negocios por toda España, y vivían en Zaragoza se preocuparon mucho por ellas, y José les llegó a prometer dos millones de pesetas para rehabilitar el convento. Y es que, por ser la casa muy grande, estaba en bastantes malas condiciones. En los bajos había tenido Antonio “el Marginés”, y Luís Tocina, padre, un negocio de caballerías, muy demandado para los trabajos de las minas. Además había un pequeño aljibe de donde sacaban el agua para que los animales pudiesen beber, y regar un pequeño huerto que poseía la casa. En el primer piso había una habitación enorme, a modo de solana, que había servido para una pequeña granja de gallinas ponedoras, que regentaban el señor Luís Tocina, padre, y en donde, se guardaban una enorme cantidad de botellas vacías, provenientes del bar que regentaba el señor Luís. Por su parte, Don Francisco, el cura, mandó a Manuel Fernández Pérez “el Marginés” a pintar la casa, con la ayuda de una mujer; por las tardes iba la propia hermana de D. Francisco, Encarnación, su sobrina Paquita y  Trinidad Martínez Cano, más conocida como “Trinica”, a echarles una mano para que arreglaran la casa, y a disponer los muebles que las gentes de Serón les regalaron, para la pronta venida de las hermanas. También de Tíjola les subieron enseres de un convento que hacía muy poco tiempo se había cerrado. En un santiamén la solana se convirtió en dormitorios divididos con sábanas, para dejar resguardado, el único water y  lavabo del que disponían. La pronta muerte de D. José Jiménez y, la paulatina decadencia de su negocio, fue el causante de que las hermanas no recibieran ni una peseta de los dos millones que les había prometido. Así pues, pocos enseres pudieron comprar más. Para la cocina adquirieron un frigorífico de segunda mano que les costó dos mil pesetas y en él, dicen las hermanas, metieron un pollo y una pescada.

El año de mil novecientos setenta y cuatro fue calamitoso. No tenían dinero, ni clases que impartir. Así se les presentó la mañana de un viernes en el que tuvieron que hacer el mercado con veinte y cinco pesetas que les dio un anciano, en gratitud, por curarle los ojos. Otro día fueron a un supermercado, pero no compraron casi nada por no atreverse a pasarse del poco dinero que llevaban. El dueño, Antonio Martínez, que se dio cuenta, les regaló muchas cosas. Al salir del supermercado se encontraron con la señora  Juana, madre de D. Miguel Reche, que les entregó quinientas pesetas como donativo.

En el convento se encuentra una pequeña campana a la subida de la escalera y que utilizan las monjas para llamarse entre sí. Como curiosidad, cuenta Antonio Fernández, que esa campana la llevaron al convento desde la ermita de la Virgen de los Remedios, cuando acondicionaron la casa para la venida de las monjas. La nueva campana que hay actualmente en la ermita la donó D. Emilio Jiménez Pérez, apodado “ Rada”.

La casa-convento se ha ido arreglando poco a poco a lo largo de los años. Junto al convento estaba la oficina de correos y telégrafos. Pero como una providencia del Señor, un día, las autoridades, decidieron llevarse Correos a otro lugar del pueblo; entonces, las hermanas dominicas resolvieron comprarla y hacer con ella una residencia de ancianos a instancias del alcalde de Serón, D. Luís Villalba Pérez, que junto a la hermana Fundadora Doña Concepción aprovecharon una visita del Gobernador Civil a Serón para pedirles que  les cedieran la casa. El gobernador Civil se comprometió a ayudarlas en esa labor.

En la demolición de la casa de Correos, hubo un accidente digno de mencionar. Y fue que al estar echando abajo los techos de la casa, quedó un niño enterrado, Francisco Martínez Cáceres, hijo de Pepe “el Guardillas”, pero con tanta fortuna, que quedó atrapado en el hueco de un madero sirviéndole de cobijo y pudo salir ileso del percance sin romperse ni un solo hueso.

También había en la casa un techo de uralita que, en una noche de viento, cayó a la plaza, dejando a la intemperie las habitaciones de esa parte del convento; entonces, las hermanas decidieron reedificar esas habitaciones desde sus cimientos, para lo cual sus hermanas de la casa de Galaroza, bordaron un manto en oro y les dieron su importe para que pudieran hacer frente a parte del coste de la obra.

En diciembre de 1979 se abrió la residencia de ancianos con nueve plazas para personas mayores que en seguida se cubrieron. Esa obra se pudo llevar a cabo gracias a la donación que Dª Natalia Domene hizo a las monjas en gratitud a los cuidados que habían tenido con ella. Los últimos años de la vida de Dª Natalia fueron penosos; comía gracias a la generosidad de varias personas del pueblo, entre ellas al señor González y a D. Antonio Martínez, quien encargaba a las monjas dominicas que le llevaran de comer. Estando Dª Natalia muy enferma mandaron, tanto D. francisco el cura como D. francisco el médico, que fuese recogida en el convento. Aquello fue un episodio digno de ser resaltado, pues se marchó con todos sus enseres a la residencia de ancianos. Hay quién afirma que en medio del camino, se perdieron la gran mayoría de sus pertenencias. Fue algo tan sonado, que D. Francisco el cura, en una homilía, exigió a los parroquianos que le devolvieran lo robado, y de lo que se pudieron recuperar muy pocas cosas.

La residencia de ancianos iba muy bien. Por eso, en 1981, las hermanas Dominicas tuvieron que contratar a una muchacha para que las ayudara por las mañanas en la cocina, se llama Maria y es de Hijate. Después, quien suplió a Maria, fue Aurora Molina Vico, mas conocida por todos como “Aurorin”. Los muebles que se pusieron en la residencia los trajeron de la sierra, y fueron proporcionados por Dª Dolores López Bejarano. Ha sido nuestro vecino Leovigildo Anaya quien me ha proporcionado los datos ciertos que a continuación comento.  Dª Dolores fue colaboradora estrecha de Don Alejo y su albacea testamentaria, y entre ellos y la ayuda de otras personas, fundaron la orden de las “Maestras Misioneras”. Para este fin D. Alejo compró las casas de las Menas, pero su aventura fracasó. Como Don Alejo dejó escrito en su testamento que, tanto las casas como sus enseres, se dedicaran a fines religiosos, fue por lo que Doña Dolores, ayudada por D. José Cano, conocido como “Pepe el de Juan Francisco”, bajaron muchos enseres para el convento de Serón. No obstante, dado el expolio que sufrieron las Menas, fueron muchos los utensilios que se perdieron en la voraz rapiña en que se convirtió el despoblado pueblo minero. Aparte de esta donación, las “Hijas de María” compraron las mesas y las sillas que se pudieron lucir en el comedor de la tercera edad.

Dª Micaela Martínez, hermana de D. Antonio el cura mártir, fusilado en el polvorín a consecuencia de la guerra civil, ayudó mucho para la reparación del convento, y cuya memoria desean las Hermanas Dominicas sea recordada. Ignoran la cuantía y los sacrificios que hizo por ayudarlas, pero saben que fueron muchos y muy generosos sus esfuerzos para con ellas.

También han colaborado estrechamente con las hermanas las distintas corporaciones municipales que ha habido en Serón desde que llegaron al pueblo allá en el año setenta y dos. Baste recordar a D. Luís Villalba, a D. Mariano Tunez, a D. Francisco Borja que propuso y fue  aprobado por el pleno del Ayuntamiento que se las eximiera de pagar los impuestos municipales, y así mismo el consistorio se brindo a pagarles la luz. Se les facilitó una casa contigua a la ermita que utilizan de cochera y también  han colaborado con ellas en distintas obras con trabajadores del paro y, así mismo, en otros muchos asuntos que sería largo y tedioso señalar. La actual corporación encabezada por D. Juan Antonio Lorenzo siguen manteniendo la misma actitud de ayuda hacia ellas.

Son muchas las personas que a titulo individual han ayudado de una u otra manera en facilitar la vida sacrificada de las hermanas dominicas. A todas ellas su más sincero agradecimiento. 

En 1984, Dª Carmela Domene, que vivía sola en la mitad de un piso colindante al convento, pensó la manera de que las monjas pudieran atenderla sin necesidad de irse con ellas a la residencia. Para ello abrieron una puerta que comunicaba el medio piso con el convento. Las monjas la atendían en todas sus necesidades, y Dª Carmela dispuso que ese medio piso pasara a formar parte del convento el día de su muerte. Cuando ocurrió el deceso, las monjas vendieron ese medio piso a una familia que pudo así unirlo nuevamente.

La Junta de Andalucía, les exigió reformar la residencia si querían tener ancianos. Por eso se cambiaron todas las puertas, se puso un ascensor ancho, con cabida para una camilla, se ensancharon los pasillos, se pusieron pasamanos, se hizo un baño grande y otras reformas más, que les costó mucho dinero y que poco a poco han ido pagando.

Por el convento han pasado muchas personas, familiares de las monjas, unos enfermos, otros en paro, incluso alguno que tuvo problemas con las drogas; otros especiales, incluso matrimonios, que siendo muy mayores, y por no quedarse separados, han estado juntos hasta sus últimos días. En el fondo, más que residencia, es una gran familia, como alguna que otra vez les ha dicho algún sacerdote.


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