Hombres en la oscuridad, por Diego Pérez Cano

Aquí estoy, sentado a la puerta o boca de la mina Jota, una de las más importantes de Las Menas. Relajado y escuchando el canto de los pájaros. No se que tipo de pájaros son, tienen un color grisáceo y el  tamaño de un jilguero, cantan  saltando de rama en rama con libertad y alegría. Es una mañana preciosa y silenciosa. Rompiendo este silencio el sonido del agua al correr acompañado por el canto alegre de los pájaros.

Seguramente el agua que mana de las entrañas de esta mina sea la misma  que la del famoso Caño el Dos, que quedó cubierto de tierra y piedra cuando hicieron la nueva carretera. Es un agua fresca y rica y dicen que con propiedades medicinales. Este nacimiento de agua surte a todas Las Menas y a la finca de Rafael El Carpio, que está situada en Cabarga, ya que este es el propietario de esta mina y su nacimiento de agua. El Caño el Dos era parada obligada de todos los mineros que trabajaban en sus alrededores, deteniéndose en él a refrescarse y llenar las cantimploras y botijos en sus cambios de turno.

Sigo visitando Las Menas cada vez que mi tiempo me lo permite. Investigo, contrasto datos, fotografío, dibujo y, sobre todo, pienso. Trato de imaginarme como era la vida de un minero dentro de la mina, en que condiciones de seguridad y salubridad vivían o malvivían. Hombres en la oscuridad, luchando por sobrevivir, sudorosos, sucios por la acción del mineral, respirando polvo y hierro. ¿A qué huele el mineral? ¿cómo huele la mina?, ¿y el aire, cómo era en las zonas más profundas? según me cuentan, era espeso y duro y había dificultad para respirar.

En los años que se trabajaba con caballerizas el ambiente era insoportable, mezclándose los olores de humedad, madera podrida con los de excrementos de los mulos y hombres. Aquí no tenían servicios, y en las entrañas de la mina había tanta vida como hombres dentro de ella, con todas sus necesidades fisiológicas.

Y el miedo ¿cómo se sentía? ¿cuales eran los mayores temores del minero en las profundidades de la mina? ¿tenían miedo?, sabían cuando entraban, pero salir, ¿cómo saldrían? Seguramente en esos años no conocían esas palabras tan en boga  hoy en día, como la ansiedad, estrés, depresión. Entonces tenían otras prioridades: SOBREVIVIR.

Eran jornadas interminables con turnos de 10 horas, hasta que en 1919 se redujo  a 8 horas que bajo tierra aún parecía mas largas, siendo un trabajo muy duro para los que lo hacían en el interior. Los que lo hacían en el exterior se consideraban unos privilegiados, ya que el trabajo era igualmente duro, pero al menos se sentían mas libres, sintiendo el viento, las nubes, el sol.

Diego Pérez Cano


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